LAS VEREDAS: BALANCE 2021, vol. 3

Compilado por Tomás Guarnaccia y Ale Tevez.

Seguimos con el cierre de año de LAS VEREDAS. Despedimos el 2021 de la misma manera que lo hicimos en el 2020, con una suerte de reunión de colaboradores, amigues, crítiques, suscriptores y cineastas en un balance de fin de año que busca ser una suerte de diálogo cinéfilo/crítico para discutir, visibilizar, destacar y poner en valor películas del cine argentino del presente y del pasado.

Tenemos el gusto de traerles el volumen 3 de nuestro balance. Aquí pueden leer el volumen 1 y aquí el volumen 2.


Milagros Porta (editora de TAIPEI, crítica de cine y colaboradora en Las Veredas)

Destacada del año:

Caperucita roja (Tatiana Mazú González, 2019)

¿Cómo sostener una serie de preocupaciones tanto temáticas como políticas, pero aceptando, a su vez, que cada proyecto requiere de coordenadas formales propias? Con una poética identificable aún entre películas de tonos tan disímiles como Río Turbio y Caperucita roja, Tatiana Mazú González parece proponer una respuesta: un nuevo documental conlleva una gramática nueva y, por tanto, necesita un abordaje singular. Este respeto hacia las necesidades de lo filmado es, también, un deseo de no imponerse desde el gesto autoral: el yo del documental subjetivo acá ingresa como necesidad del relato, no como capricho narcisista. 

Si bien Caperucita roja tuvo su primer estreno durante el 2019, en Argentina recién pudo verse en salas comerciales este año, además de haber sido parte del FestiFreak de manera virtual allá por octubre del 2020. Su reciente estreno en la pantalla grande, de todos modos, fue bastante desafortunado, entre horarios marginales de exhibición y medidas de ajuste en el INCAA, donde decir documental ya es casi una mala palabra. El cambalache pandémico en las fechas de estreno me habilita, por ende, a elegirla como película destacada, tal vez para evitar su caída en el embudo de lo no-fechado.

Rescate:

La intemperie sin fin (Juan José Gorasurreta, 1977)

Este año hubo un cruce de planetas. Una colisión, ¿sino cómo explicarlo? El último libro de Mario Nosotti, La casa de los pájaros. Notas sobre la vida y la obra de Juan L. Ortiz (Editorial UNL) se encontró con la restauración de La intemperie sin fin, una suerte de documental o estudio de personaje alrededor de la figura de Ortiz en sus últimos años. Le tiemblan las manos al poeta, tiembla la hojarasca con la música de fondo, tiembla una pipa o un mate en el trayecto de la boca a la mesa. Cruce de planetas: vi la película mientras leía La orilla que se abisma, uno de sus poemarios póstumos, poco tiempo después de un viaje a Misiones, cerca de su preciado Paraná. Juanele es el abuelo que no tuve y el maestro que me asustaría decepcionar. Juan José Gorasurreta lo filma con manos que tiemblan, en planos cerrados con referencia a unas plantas que no solo enmarcan el cuadro sino que también lo desmarcan, vuelven lábiles sus bordes, casi como un correlato de esos signos de pregunta que el poeta escribía donde nadie los esperaba, abriendo el final de una idea, siempre listo para dejar que la duda ingrese al texto. Así la cámara, escena tras escena, establecerá las más puras relaciones / con todas las criaturas que tiemblan en su halo sensible.


Álvaro Bretal (director editorial de Taipei / Crítica de cine y Editorial Rutemberg)

Destacada del año:

Las picapedreras (Azul Aizenberg)

Las picapedreras pone en diálogo imágenes de procedencias diversas para narrar la historia de Cerro de leones, film de 1975 sobre una huelga de picapedreros tandilenses a comienzos del siglo pasado, y de cómo, si bien habían formado parte del acontecimiento, las mujeres quedaron excluidas de aquella película. Es decir: el film de Azul Aizenberg parte de una investigación sobre una película militante y de la lucha obrera que fue su inspiración para relatar un ocultamiento y hacer un acto de justicia. El cine de metraje encontrado/recuperado como cine inevitable: es imposible concebir otra forma para Las picapedreras. Si los múltiples temas abordados podrían, en principio, habilitar un problemático «todo tiene que ver con todo» político, la organización del material y la voz de la realizadora construyen sentido y potencia. ¿Cuál es, por ejemplo, la conexión posible entre una movilización de picapedreros tandilenses de hace más de cien años y nosotros, hoy, haciendo un esfuerzo descomunal para pagar los servicios? Uno puede no acordar con Aizenberg en cada coma, pero allí reside parte de la gracia de su cortometraje: invita al diálogo y la confrontación de ideas, expresa su mensaje con convicción apelando a formas múltiples (foto, texto, canción, píxel, grano, mancha, llanura digital), narra con voz amable para transmitir la importancia de la lucha y la revuelta. La clave es que las batallas políticas del pasado nunca mueren, porque siempre podemos seguir aprendiendo de ellas. Y algo más, nada menor: que el cine sigue siendo un arma.

Rescate:

Escala en la ciudad (Alberto de Zavalía, 1935)

Cuando se habla de Escala en la ciudad, que de por sí no es frecuente, suele utilizarse la palabra “fracaso”. La utiliza Domingo Di Núbila en el primer volumen de su Historia del cine argentino, y también José Agustín Mahieu en su breve libro de similar título. Zavalía, en la entrevista incluída en Reportaje al cine argentino, es más explícito: el problema con el film, dice, es que fue un fracaso comercial. Lo cierto es que ese doble fracaso (es decir: comercial y artístico) señalado por Di Núbila y Mahieu resulta curioso: a más de 85 años de su estreno, el debut de Zavalía se destaca como una de las películas más sorprendentes de su época. Su aparente duplicidad esconde el secreto de su solidez: el trabajo de encuadres imaginativo, la fabulosa iluminación de John Alton y los escenarios a la vez impactantes y sugerentes (muy lejos, casi en la otra vereda, de cualquier atisbo de “cine popular”) se complementan muy bien con el amateurismo de sus intérpretes, quienes, en palabras del realizador, “no habían trabajado nunca, ni en teatro ni en cine”. El resultado es más lúdico que frío; las emociones están presentes, pero ligeramente distorsionadas por sobreimpresiones misteriosas y diálogos con el teatro. Referir a ciertos films europeos de la época sería un lugar común. Tal vez sea más valioso sostener que el romance entre los protagonistas, extrañado por la constante aparición de personajes molestos, potencialmente insidiosos, y una deriva paulatina hacia terrenos oscuros, parece adelantarse —o haber influenciado a— ciertas novelas de Kociancich o Bioy Casares.

Escala en la ciudad (Alberto de Zavalía, 1935)

José Luis de Lorenzo (director de A Sala Llena)

Destacada del año:

El prófugo (Natalia Meta)

Abrazar al fantástico.

En tiempos en que la cartelera cinematográfica es decadente, algunos nos aferramos a los géneros cinematográficos, los autores y al revisionado; Natalia Meta trae aire fresco al cine argentino de género, al thriller, el fantástico y el terror, por suerte. Lo suyo es una puesta y una apuesta. Tras Muerte en Buenos Aires, ese film un tanto ninguneado por la crítica, podemos decir que hoy, El prófugo viene a ponerlo en su lugar. 

Meta construye el fantástico a partir de elementos del género, climas y el perfecto uso del sonido.

Rescate(s):

Más allá del olvido (Hugo del Carril, 1956)

Los tallos amargos (Fernando Ayala, 1956)

La bestia debe morir (Viñoly Barreto, 1952)

Dos film noirs referentes del cine argentino restaurados en hermosas copias fueron lanzadas en formato físico (blu ray) y en efecto, esto es algo para festejar. Gracias a la Film Noir Foundation y al Archivo de Film y TV de UCLA se abre un reconocimiento a que este cine ejemplar pueda verse y darse a conocimiento de espectadores de todo el mundo.

Sobre Más allá del olvido, quizás el mejor film argentino de todos los tiempos, tan solo destacar la edición de tres libros, uno de ellos, “La cosa en cine. Motivos y figuras” (Ángel Faretta, 2013), en el que se hace un extenso análisis sobre el film, “Más allá del olvido, una historia crítica del cine fantástico argentino” (Ángel Faretta, Diego Ávalos y Melina Cherro, 2019), ganador del Concurso nacional y federal de estudios sobre cine argentino en el que se hace un pormenorizado análisis de los films de Hugo del Carril y este año se sumó “Más allá de la estrella. Nuevas miradas sobre Hugo del Carril”, de Florencia Calzon Flores y Daniela Kozak, en el que se repasa la filmografía del realizador.

Menciones especiales:

Mi última aventura (Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini)

Estrella roja (Sofía Bordenave)


Antonella del Valle (guionista)

Un año con menos películas vistas pero con más excursiones al cine. El 2021 te quita pero ha dado un poco también.

Destacada del año:

Responsabilidad empresarial (Jonathan Perel)

Vista en abril. En rigor es una película de 2020 pero el estreno en Argentina fue este año. En BAFICI tuvieron el buen tino de programarla el 24 de marzo pero ninguno de los presentadores, ni nadie del festival, dijo nada al respecto: una declaración de principios. A mi entender es la película del año y fue impactante poder verla en la sala 1 del Gaumont tras un año entero sin experiencia cinematográfica en cines. Salí aturdida, extática y con la piel de gallina, fue muy importante haberla visto. El despojo absoluto de artimañas para exponer el horror, la violencia y la impunidad como lo que son. Probablemente una lección sobre los emplazamientos de cámara, en este caso, sobre la cámara acusatoria.

Rescate(s):

Dos: un doble programa de Leopoldo Torre Nilsson en dos décadas distintas. 

Piel de verano (Leopoldo Torre Nilsson, 1961)

«Suerte que no sos demasiado hermosa, después no se soporta perder la belleza pasados los cincuenta».

La vi en mayo vía YouTube, por desgracia en una copia triste pero copia al fin, porque la mencionó Graciela Borges en el séptimo capítulo del podcast «Mi vida en el cine». La Borges encarna a Marcela, una joven a la que le proponen un viaje de un año a París y una colección de Dior a cambio de hacer feliz a Martín (Alfredo Alcón) en sus últimos meses de vida. Recuerdo las escenas de ella internándose en el mar, de ella en reposo soportando la humedad de enero en una cama de mañana, las instantáneas de abulia veraniega de tristes chicos ricos. En el podcast Graciela Borges recuerda que fue quizás uno de sus primeros personajes de mujer inescrupulosa y poderosa y que fue un riesgo enorme haber aceptado el papel.

La tigra (Leopoldo Torre Nilsson, 1954) 

La vi en octubre en el MALBA en el marco del ciclo de Cine Maldito. La copia proyectada fue posible gracias al aporte de la Coca Sarli que tenía unos negativos perdidos ya que en su momento fue censurada y apenas proyectada. Es una de esas películas maravillosas y breves, algún día sería extraordinario hacer un ciclo de películas de apenas 60 minutos. Retrata el romance entre un estudiante de bellas artes de cuna de oro y una prostituta tanguera presa de un malevo. Tiene dos escenas que recuerdo con mucha nitidez. En la primera está Diana Maggi, con sus pómulos imposibles y sus uñas afiladas. La tigra recién se despierta y hace las minucias del comienzo del día: se lava la cara y calienta agua para los mates en un mecherito en su cuarto de conventillo. Frena de golpe el letargo automático de su rutina: recuerda que la noche anterior ha sido abusada por el malevo Olivera. Me emociona el poder de ese rostro. No entraré en detalles sobre la segunda escena que guardo en la memoria pero esta película tiene un guiño explícito al lesbianismo en una conversación casual entre caballeros, no recuerdo haber visto otra película del periodo con semejante cosa. Es espectacular.

Foto promocional internacional de Piel de verano (Leopoldo Torre Nilsson, 1961)


Carla Maglio (historiadora y crítica)

Destacada(s) del año:

El perro que no calla (Ana Katz) y Luto (Pablo Martín Weber)

Esto no es una justificación.

Cuenta Ana Katz que las cinco palabras que forman el título de su película se le quedaron pegadas desde que hace años las leyó en una crónica de Pedro Lemebel. En esa crónica, Lemebel evoca la mañana del 12 de septiembre de 1973, cuando siendo muy niño, en el poblado pobre de Santiago donde vivía, descubrió, junto a sus vecinos, tres cadáveres arrojados durante la noche en el basural de la Panamericana Sur y Departamental. La crónica termina así:

Han pasado veinticinco años desde aquella mañana, y aún el mismo escalofrío estremece la evocación de esas bocas torcidas, llenas de moscas, de esos pies sin zapatos, con los calcetines zurcidos, rotos, por donde asomaban sus dedos fríos, hinchados, tumefactos. La imagen vuelve a repetirse a través del tiempo, me acompaña desde entonces como «perro que no me deja ni se calla». A la larga se me ha hecho familiar recordar el tacto visual de la felpa helada de su mortaja basurera. Casi podría decir que desde aquel fétido eriazo de mi niñez, sus manos crispadas me saludan con el puño en alto, bajo la luna de negro nácar donde porfiadamente brota su amargo florecer.

Solo una vez, si la memoria no me falla, oímos en la película de Katz el quejido —del que sin embargo todos habían hablado— del animal —no un perro, una perra: Rita—. Pero a Sebastián, el protagonista, le pasa un poco aquello de Lemebel. Ha escuchado un dolor, un quejido, un aullido; algo que lo obliga no solo a recordar, sino también a reparar. Aunque las cosas que le salgan al paso, las que puede intentar componer, las personas que encuentra, a las que puede cuidar no tengan aparentemente nada que ver con aquel aullido. 

“Umbrío por la pena, casi bruno”, Lemebel había dicho la suya con el verso de Miguel Hernández: su pena era “perro que ni me deja ni se calla”. Pero —nos recuerda el chileno Lemebel— una imagen que aúlla puede también volverse puño en alto. Y nosotros lo recordamos a él, mientras celebramos con el puño en alto este domingo feliz, del 19 diciembre de 2021 (y cómo se dan vueltas las cosas y cómo nos dan vuelta. Y cómo, a pesar de todo, no nos dejan ni se callan, incluso hoy). 

Luto. Un “cuadrado oscuro de madera” se hunde en un pozo. Mucha gente se agrupa alrededor. El plano es siniestro, capturado desde un dron para la TV. Dentro de ese cuadrado de madera, “Maradona que entraba en la Tierra”. Una transustanciación que casi podemos ver con los oídos, dicha con la voz over más justa, más precisa y más emocionante que haya habido nunca en el cine argentino. La voz de un personaje en duelo al mismo tiempo colectivo e íntimo, porque las imágenes que veremos, por las que ese personaje nos guía, fueron dejadas por una chica de veinticuatro años, su novia, que murió durante la pandemia de COVID. Son fotografías tomadas por ella, o planos de páginas de su colección de antiguos manuales y libros de historia natural que nos muestran estampas fascinantes de seres ya extinguidos, de estratos, geológicos, o de verdaderos reservorios subterráneos de tiempos pasados. 

La Imagen de aquel cuerpo “que entraba en la tierra”, en cambio, es una imagen que se oye, que no es mostrada. Y el cuerpo no era cualquier cuerpo. Era nuestro dios-hombre, al que no pudimos, no nos dejaron, velar ni acompañar, más que por unas horas caóticas y envilecidas hasta por la represión policial. A su modo, un cuerpo abandonado. No mucho después del entierro, el mural que vemos fotografiado, pintado en homenaje a Maradona por esos días, está ya descascarándose. Unos cuantos manchones de capas más viejas asoman donde la pintura, tan pronto, se ha desprendido. Pero lo que en su superficie creeríamos perdido para siempre, la Tierra puede acumularlo, capa sobre capa, sobre capa, en su interior. Una memoria orgánica de la existencia material que tiene en Luto una traducción también política: de historia natural a historia del capitalismo y, quizá, de nuestra nación. Parece que algunas personas —¿las que se sientan juntas por la noche a mirar la ciudad desde techos a oscuras? ¿las que están decididas a, algún día, prender fuego esa ciudad, como propuso la chica por la que lleva luto la voz de Luto?, ¿los demasiados jóvenes?, ¿los que se quieren?—, o quizá todas, en ciertas circunstancias, si prestamos atención, podemos escuchar el aullido de eso que guarda la Tierra, y que nos sigue y que no calla. ¡Seguimos!

Sobre Luto, recomiendo este texto de Oscar Cuervo.

Rescate:

La juntidad espeluznante (Martín Carmona, 1999). [El film se puede VER ACÁ]

Menciones especiales:

Otras menciones que obedecen a razones diversas y con constancia de que tengo muchas pendientes (esto sí es una justificación).

Mi última aventura (Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini)

La luna representa mi corazón (Juan Martín Hsu)

Los niños de Dios (Martín Farina)

Se va a acabar… (David Coco Blaustein, Andrés Cedrón)

Crónicas de un exilio (Micaela Montes Rojas, Pablo Guallar)


Cristian Ulloa (crítico y colaborador en Las veredas)

Destacada del año:

Borom Taxi (Andrés Guerberoff)

Creo que no recibió la atención que capaz merecía esta ópera prima de Andrés Guerberoff que fue parte de la Competencia Nacional del 17º Festifreak. En tiempos en los cuales al cine parece costarle cada vez más apropiarse de la calle, trabajar con la ciudad como una materia viva y no como un decorado molesto y desobediente al cual hay que domesticar, esconder o maquillar para poder asimilarlo, Guerberoff decide tomarle el pulso al presente más rabioso y volátil de todos, es decir, al día a día de la economía popular informal. Un inmigrante africano vende relojes y cinturones en la calle. Ese elemento tan sencillo, que muchos podemos reconocer como parte de nuestra cotidianidad, suele permanecer sin embargo en un fuera de campo casi absoluto en el cine nacional. Y ese el gran mérito documental de este largometraje, que sin jactancias escapa a la principal corriente del documental contemporáneo (preocupado por la intimidad y el pasado) para adoptar un punto de vista que escapa al sentido común del discurso audiovisual del 2021. Cuando dentro de varios años alguien quiera entender cómo era el 2020 en Buenos Aires, esta es una de las pocas películas que podrán brindar pistas para una respuesta.

Rescate: 

El habilitado (1971, Jorge Cedrón)

Bastante menos revisada que Operación masacre (1973), la ópera prima de Jorge Cedrón quizás sea también, secretamente, su verdadera gran película. Con un espíritu de “resentimiento arltiano” —como bien supo definirla el Tata Cedrón en Filmoteca—, El habilitado sigue la vida de un joven empleado de comercio (en una magistral interpretación de Billy Cedrón que hace lamentar que su carrera cinematográfica haya sido tan breve) en una Mar del Plata despojada de toda idealización veraniega. Un grupo de proletarios trabajan encerrados en un sótano en este relato seco que aborda con mucha lucidez el choque de clases sociales, el deseo y la alienación. Hay una escena inolvidable —que en cierto punto funciona como el corazón ideológico y emocional de la película— en la cual el protagonista, solo en su cuarto, se mira a un espejo. Esa secuencia en sí misma ya confirma el gran cineasta que Cedrón era, incluso desde sus inicios.

Borom Taxi (Andrés Guerberoff)

Juan M. Del Rio (crítico de cine)

Destacada del año:

El perro que no calla (Ana Katz)

Si el día de mañana nos preguntan cómo se vivía en la Argentina neoliberal, la película de Katz entraría en esa lista. Es difícil condensar en escenas, imágenes y sonidos un clima de época. ¿Cómo no identificarse con la inestabilidad laboral y emocional (probablemente una lleve a la otra) de Sebastián si nuestra generación está signada por la precariedad del monotributismo?

El análisis de Nicolás Noviello, en La tierra quema, es más justo de lo que podría hacer en estas líneas así que no les robo más tiempo.

Solamente una cosa más: hay otro nuevo cine argentino. Películas como Mauro (Hernán Rosselli, 2014), La deuda (Gustavo Fontán, 2019) El motoarrebatador (Agustín Toscano, 2018) Las mil y una (Clarisa Navas, 2020), Atenas (César González, 2019) o El perro que no calla no pueden entrar en la categoría del NCA de los ‘90. Esto es otra cosa (¿hace falta decirlo?).

Rescate:

La fe del volcán (Ana Poliak, 2001)

Porque en estos días las imágenes de helicópteros se nos aparecen mucho. Y porque capaz ese otro cine argentino empezó con Poliak.


Juan Pablo Álvarez aka. Juan Zino (crítico de cine)

Destacada del año:

Danubio (Agustina Pérez Rial)

El cine argentino aún tiene mucho terreno para explorar sobre su propia historia, especialmente sobre su lado más político, y en ese sentido lo de Danubio me parece un gran aporte. Entre el archivo de los medios de comunicación de la época, la reconstrucción sonora y la fantasmática paranoica y censora de la dictadura de Onganía nace un nuevo relato, propio, posible y también mitológico sobre esos individuos, colectivos y experiencias que de otra manera quedarían en el olvido.

Rescate:

Concierto para una lágrima (Julio Porter)

No la había visto y me sorprendió su potencia. Entre el Chopin estruendoso en el piano y los claroscuros hiperdramáticos hay un melodrama sobre el ascenso social y la gloria, pero también sobre las condiciones materiales del arte y sobre la tensión entre la profesionalización (y la democratización) y el mecenazgo lastimero burgués. Anita, el personaje de Olga Zubarry, se lleva puesto todo. Imponente y enarbolada en un perfeccionismo antisocial, entabla una relación con ribetes BSDM con otro pianista al que prácticamente obliga a rebelarse contra sus benefactores y a tomar a la música como su único medio de subsistencia. En el medio se mezclan la egolatría, el amor al arte y el deseo de dominar y ser dominado. Un melodrama hermoso de conflicto permanente.


Pedro Insúa (crítico de cine, montajista, colaborador en Las veredas)

Destacada del año:

El lugar de la desaparición (Martin Farina)

Medio escondida, sin que nadie se entere, el Gaumont cobijó durante una semana la segunda parte de una trilogía que todavía espera el estreno de Los niños de Dios para completarse. Documental familiar, también documental de archivo: Farina podría haberse integrado plácidamente a toda una estirpe de cineastas tan conmovedores como inofensivos, y ahí es donde decide dar un paso al costado: película obsesiva, metódica, donde las imágenes del pasado no explican nada, donde las voces en off no funcionan como pasajes de información, porque está todo dicho en susurros, como susurran los protagonistas, que deambulan por la casa como las brujas de Macbeth, vaticinando augurios, elucubraciones. Desde el título Farina asume una imposibilidad: registrar lo que ya no está, lo que desaparece cada segundo, justo frente a nuestros ojos; volver una y otra vez a los mismos espacios, hasta volver extraño lo cotidiano, que parece que cambia constantemente pero sigue igual, porque el que cambia es uno; al igual que Adiós a la Memoria (Nicolás Prividera, 2020), Farina entiende que para dar cuenta de un pasado debe también reflexionar sobre los mecanismos de los sucesivos olvidos. “Es muy confusa” escuché atrás mío en la sala, apenas terminó: Farina como cineasta parece estar empecinado en no resignarse a sólo contar una historia.

Rescate:

Furia en la isla (Oscar Cabeillou, 1976)

El pequeño homenaje que le prodigaron a Libertad Leblanc dentro del marco del Festival Asterisco ayudó a dimensionar el magnetismo de una estrella de la cual no se suele hablar en términos de calidad artística: casi en contraposición a la dupla Sarli/Bo, que supo erigir un humilde imperio audiovisual, absolutamente homogéneo y coherente, las pasiones que despertaba Leblanc eran demasiado desatadas como para reducirse a géneros o fórmulas: sus películas, más tarde que temprano, se vuelven erráticas, pierden el rumbo, enceguecidas por su magnetismo; aun el más férreo de los policiales (Testigo para un Crimen) va dejando entrar de a poco módicas cuotas de sinsentido, como si un virus softporn fuese corroyendo la trama misma, disolviendola en un acido psicodelico. Si El derecho de gozar, con sus asesinos sixties, es torpemente coyuntural, para cuando llegamos a Furia en la Isla, nuestro slasher vernáculo en el Delta, el delirio es total: la película respira libre, a borbotones, como si tuviera tantas ideas que no supiese bien cómo administrarlas: es gracias a la propia ingenuidad de saberse berreta, lo que determina que la lógica que guía las escenas se base en la más pura capacidad de sorpresa. Cada nuevo plano es como si empezase de cero, no importa en qué situación nos encontremos, en qué momento de la trama: el comienzo de una nueva escena puede significar cualquier cosa. En un momento en particular, un diálogo algo banal, la cámara literalmente se olvida de lo que estaba registrando, y se distrae con Leblanc, la observa, la recorre de izquierda a derecha, para luego volver a la escena, como si nada hubiese sucedido: en ese exabrupto puede cifrarse algo de la poética de la actriz.

Menciones especiales:

Que será del verano (Ignacio Ceroi)

3SCOMBRO5 (Raúl Perrone)

Yon (Barbara Lago)

Las olas (Guillermo Saredo)

El lugar de la desaparición (Martin Farina)

Luciana Zurita (crítica y editora de la Revista Oropel)

Destacada del año:

Adiós a la memoria (Nicolás Prividera)

Una película que permite la discusión sobre cómo pensar/trabajar el material de archivo, pero que  destaco por el ingenio del montaje y una voz en off que se distancia del letargo puramente estético y poético, a veces forzado, que utilizan las películas para hablar de sí mismas.

Rescate: 

No abras nunca esa puerta (Carlos Hugo Christensen, 1952)

Menciones especiales:

Esquirlas (Natalia Garayalde)

Un crimen común (Francisco Márquez)

Qué será del verano (Ignacio Ceroi)


Hector Coire (cinéfilo)

Destacada(s) del año: 

Tres a la deriva del acto creativo (Pino Solanas) y María Luisa Bemberg: El eco de mi voz (Alejandro Maci, 2021)

Dos retratos de personajes importantes de una época, y de un cine que hoy es recordado con cierto desprecio por ciertos faros que confunden transgresión con ingratitud. En otro año en que el INCAA y la industria en general se vuelven a cagar en la posibilidad de tomarse de una vez por todas en serio la preservación de nuestro patrimonio cinematográfico; vengan estos esfuerzos aislados por mostrar la importancia de la conservación de archivos personales, y recordar que el cine no es sólo un continuo presente de intrascendencias que tienden a la desaparición. 

Rescate:

Las pirañas (José Luis García Berlanga, 1967)

Una ginecóloga inventa que su hija tiene una enfermedad terminal, con el fin de presionar a un yerno infiel para que deje sus aventuras, y tengan un hijo antes de que avance el deterioro. Este argumento que hoy difícilmente pasaría sin ofender a algún colectivo de militantes, es el de la película argentina de Berlanga. Que hoy podemos encontrar con facilidad en una versión pirateada del Criterion Channel.

Sabemos que Berlanga daba entrevistas y hablaba de su cine, y que en distintas oportunidades repitió su descontento con el resultado final de Las pirañas (que en España llevó el anodino título de La boutique, en referencia a un negocio de la esposa engañada, que ahora aprovecha la culpa para infligir a su marido todo tipo de castigos y humillaciones). Aducía limitaciones en la producción (como la recreación de un rally para el que no había autos y tuvieron que usar los del equipo técnico), o la imposición de un hombre hermoso como Rodolfo Bebán para un personaje que había imaginado como un pobre tipo.

Y si bien no ayuda que al menos en esta copia los actores estén doblados al español peninsular, quedan rastros de un verdadero dream team de la comedia: Ana María Campoy, Osvaldo Miranda (en plan Alberto Sordi), Juan Carlos “Minguito” Altavista, cameos de Dario Vittori, Javier Portales, Juan Carlos Calabró y el propio Berlanga, Lautaro Murúa en un papel inusual de galán, y una Marilina Ross que no tiene nada que envidiar a la Julie Christie de Darling

Los últimos minutos son quizás la parte más ofensiva, pero también una obra maestra que prescinde del diálogo. Y acaso un ejemplo de por qué seguir viendo incluso las películas fallidas de los directores que admiramos.


Ramiro Perez Ríos (cineasta, crítico de cine, colaborador en Las veredas)

Destacada del año:

Álbum para la juventud (Malena Solarz)

Destaco el comodísimo lugar que ocupó gran parte de la crítica (joven y no tan joven) al darle patadas en el piso al último, pero no novedoso, exponente del cine FUC. Mientras algunas tendencias contemporáneas pasan de largo sin que nadie hable mucho sobre ellas (los cortos/largos surgidos del Di Tella, los documentales de archivo o los híbridos ficción/documental), parecería más fácil seguir pegándole al cine FUC con los mismos adjetivos de siempre. Y me resulta hasta paradójico el linchamiento cuando uno de los señalamientos (el hecho de que fue la única película argentina de la Competencia Internacional del Festival de Mar del Plata) tiene en parte como responsables a los programadores del festival, sobre quienes nadie apuntó. Lo cual no llama demasiado la atención si se tiene en cuenta que tampoco se habló mucho sobre el dudoso y misterioso presupuesto del festival este año, la incidencia de Montenegro y la ausencia del INCAA.

Rescate(s):

La tigra (Leopoldo Torre Nilsson, 1954)

Los taitas (Hugo Santiago, 1968)

La vida por Perón (Sergio Belloti, 2004)

Monger (Jeff Zorrilla, 2017)

Álbum para la juventud (Malena Solarz)

Fernando Caruso (cineasta, crítico, colaborador en Las veredas y Taipei)

Destacada(s) del año:

Rancho (Pedro Speroni) + Las Ranas (Edgardo Castro).

Doble programa carcelario 

Rescate: 

El día del caramelo (Héctor Kalondi)

Una dosis justa de psicosis

Mención Especial:

Jesús López (Maximiliano Schonfeld)


Miguel “Migo” Savransky (docente, investigador, crítico, colaborador en Jacobin América Latina, en Taipei y en Las veredas)

Destacada del año: 

Las Picapedreras (Azul Aizenberg)

Lúcido, incendiario, programático, el cortometraje sigue la estela de una genealogía de las luchas soterradas en una doble clave de clase y de género, reconstruyendo el rol de las mujeres en las huelgas mineras al comienzo del siglo en Tandil, con un notable uso del material de archivo que es también una manera de revisar y reescribir la historia del cine y de establecer un vínculo intergeneracional con una tradición nacional interrumpida del cine político.

Rescate: 

Alias Gardelito (Lautaro Murúa)

Una de las mejores películas de los cineastas de la generación del ’60 (lo cual no es poco decir), una mezcla modernista de realismo sucio desde abajo -atento a las circunvalaciones y el habla peculiar de los sectores populares, el malandraje, estafadores de poca monta y buscavidas ora menesterosos, ora triunfales- y una trama policial asordinada que gira alrededor de la traición, en una transposición creativa del cuento largo de Kordon hecha con muy poca distancia temporal (el texto es del ’56 y la película del ’61).

Menciones especiales:

De este año:

Adiós a la memoria (Nicolás Prividera)

Feriado (Azucena Losana)

Los niños de Dios (Martín Farina)

Luto (Pablo Martín Weber) 

Reflejo nocturno (iv) (Benjamín Ellenberger)

Rescates:

El inmortal (Jorge Honik, 1968)

La calesita (Hugo del Carril, 1963)

La mémoire courte (Eduardo de Gregorio, 1979)

Tomás Guarnaccia (crítico, editor de Las veredas)

Destacada del año:

P1nc3s4 (Raúl Perrone)

Una expresión un tanto pomposa se me cruzó por la cabeza mientras veía P1nc3s4 en el Festival de Mar del Plata: “Cine total”. Una frasecita que por grandilocuente no deja de encerrar una verdad: ningún cineasta de la contemporaneidad abraza con tanta soltura, arrojo e insolencia las posibilidades estéticas de los materiales cinematográficos, y las tradiciones que estos acarrean, para narrar y recitar dentro de fotogramas y sonidos grandes relatos, poemas o cantos épicos cinematográficos. P1nc3s4 es una adaptación lejana y tergiversada de obras de Ryünoske Akutagawa, donde una princesa encerrada en un castillo roba los cabellos de samurais muertos mientras una hisotria de amor se entreteje en medio de un filoso retrato del sometimiento de clases; pero antes que todo esto, la nueva película de Perrone es la demostración de que la estética del sueño es aún posible. Desde Ituzaingó el mundo, un otro mundo para este. 

Rescate(s):

La mémoire courte (Eduardo de Gregorio, 1979)

La idea de la creación de un otro mundo se vuelve literal en esta película de Eduardo de Gregorio, realizada en Francia mientras la última dictadura militar azotaba al país. Acompañado de Edgardo Cozarinsky como co-guionista, De Gregorio crea un otro país, Guaraná, un lugar en sudamérica donde la corrupción política, el dinero y ojos que miran para otro lado se encuentran con la siempre bien disimulada complicidad europea para hacer posible la fuga y el refugio de nazis. La mémoire courte es un retrato visceral, fantasioso, elegante y misterioso, de la mugre bajo la alfombra de las sociedades occidentales, de la influencia europea y la dependencia latinoamericana. Todo encauzado en una trama policial con tintes borgeanos, de hombres dobles, laberintos metafísicos, callejones sin salida y una joven (Nathalie Baye) que, como el Rodolfo Mederos de Las veredas de saturno (Hugo Santiago, 1986), pendula entre el saber o el no saber, el actuar o el conceder. Una obra maestra total caída de la historia del cine argentino.

Menciones especiales:

Los niños de Dios (Martín Farina)

El perro que no calla (Ana Katz) 

Amor de verano (Eline Marx)

Las picapedreras (Azul Aizenberg)

Mientras estamos (Mercedes Gaviria)


Ale Tevez (editor de Las veredas)

Creo que nunca tuve tantos problemas para elegir las películas argentinas del año. Lo cierto es que solo pude acceder a ellas a través de los festivales porque, entre viajes largos, los grandes problemas de los cines en el conurbano y lo poco que duran los estrenos,  nos empujan a verlos de forma online. Y en tanto a los rescates, ¡Cinemateca Argentina Ya!

Destacada(s) del año:

El perro que no calla (Ana Katz)

No sé si quedarme con el tema premonitorio, el perfecto timing cómico o la belleza de las imágenes. El talento de Katz ya no es sorpresa. 

Jesus López (Maximiliano Schonfeld) 

El cine argentino encontró en el fantástico (aunque no del todo sumergidos y con los directores mojando apenas los pies en la orilla) a su aliado para narrar los problemas contemporáneos. Schonfeld fue el que mejor lo utilizó este año.

Rescate(s):

El día del caramelo (Héctor Kalondi) y Caraballo mató un gallo (Simón Feldman) 

Dos glorias animadas que se pudieron ver en Mar del Plata gracias al trabajo del Museo del Cine. La animación fue el lugar en el que la generación del 60 encontró una nueva libertad.

La calesita (Hugo del Carril) 

La publicación del libro «Más allá de la estrella», de Daniela Kozak y Florencia Calzon Flores, fue un hito del 2021. Algo que advierte el libro le pasó a cada uno que se adentro en la lectura: no podemos ver las películas de Del Carril en buena calidad en ningún lado. Más allá de algún que otro esfuerzo de esos héroes anónimos de internet y los ciclos (el del MALBA, por ejemplo), hoy uno no puede acceder a copias decentes de películas importantísimas para el país. Elegí La calesita, además de que es una obra maestra, porque David (un amigo y otro héroe) la subió en la mejor calidad posible a YouTube en un ratio correcto. Es lo que hay.

Menciones especiales:

Luto (Pablo Martin Weber)

La luna representa mi corazón (Juan Martín Hsu)

Trampa de luz (Pablo Marín)

Ob Scena (Paloma Orlandini Castro)


El fotograma de la portada fue extraído del film Caperucita Roja (Tatiana Mazú González).


© LAS VEREDAS | 2021

[Permitida su reproducción citando la fuente]

2 comentarios sobre “LAS VEREDAS: BALANCE 2021, vol. 3

  1. ¡Gracias, La veredas! Extraordinario trabajo, es ya evidente, aunque tengamos que seguir leyendo los próximos días.

    Dejo acá link a La juntidad espeluznante (Martín Carmona, 1999), mi rescate, porque durante las últimas semanas hubo idas y vueltas con la subida, o el acceso a la película, y no se pudo llegar con el enlace correcto. Esperemos que wordpress lo tome.🙏🏾

    ¡Abrazo, y feliz 2022!

    Le gusta a 1 persona

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