LAS VEREDAS, BALANCE 2020: volumen 2

Compilado por Las veredas

Tenemos el agrado de traerles el segundo volumen de lo que denominamos «balance», pero que bien termina siendo un repaso por las películas argentinas favoritas, contemporáneas o no, que han visto en el año amigxs, colaboradorxs, cineastas, críticxS y suscriptorxs.

La consigna es sencilla: elegir una película argentina vista este año (contemporánea o no) y, de tener ganas o poder, acompañar la elección con unas breves palabras. Se puede mencionar más de una película, pero la idea es centrarse en un título. Esto no es una encuesta que busca encontrar “la mejor película” o formar un “top del año”, más bien queremos que cada quien visibilice y ponga foco en lo que quiera. Aquí el volumen 1.

Bienvenidxs a LAS VEREDAS: BALANCE 2020, volumen 2


Valentina Vignardi, crítica de cine, colaboradora en Las veredas este 2020 (Revista Bache)

Película elegida: Las mil y una (Clarisa Navas, 2020)

Antes que nada, me gustaría formalizar una disculpa hacia todes aquelles con quienes ejercí durante las últimas semanas una militancia quasi evangélica y del tipo marca personal para convencerles de ver Las mil y una, y corriendo el riesgo de repetirme y alcanzar altísimos niveles de cholulismo, me animo mencionarla otra vez en esta instancia. Esta película de Clarisa Navas representa para mí un deseo punzante por la (re)construcción de idiosincrasias y mundos sensibles y toma por asalto las salas, en este caso, nuestros cuartos, livings…, para bombardearnos (esto en el sentido más gentil posible) con imágenes y sonidos que pueden ser a la vez tan cercanos como alienígenas para algunes. Creo yo que este cine -acá ingresa mi enorme subjetividad- puede ser un confort, una caricia, un abrazo, a pesar de la crudeza de su relato; sólo dos horas de un hermoso reconocimiento identitario y territorial entre la incertidumbre y ensimismamiento al que estamos sometides ante tanta soledad.

Álvaro Bretal, crítico de cine, coordinador de la Editorial Rutemberg y editor en Revista Taipei.

Película elegida: Gente en Buenos Aires (Eva Landeck, 1974) [fotograma de portada]

En Gente en Buenos Aires (1974), Brandoni interpreta a Pablo, un estudiante de ingeniería industrial que debe combinar su carrera con un trabajo monótono. Vive en una pensión de mala muerte, se queda dormido en todas partes, sueña con la justicia social pero a duras penas puede con su rutina asfixiante. Los días se terminan volando, como los puchos que fuma sin parar. Un día toma una decisión íntimamente revolucionaria: llama por teléfono a una desconocida, amiga de la esposa de un amigo, para charlar. Inicia, así, un vínculo telefónico que le resulta más íntimo y genuino que sus relaciones laborales y universitarias.

Pablo deambula por Buenos Aires gastado, consumido, harto. Retrato gris de personajes insatisfechos, el primer largo de Eva Landeck esquiva patetismos y golpes bajos, y logra algo aún más difícil: condensar, sin barroquismos ni desvíos narrativos infinitos, un sinfín de temas e inquietudes. También evita dirigir todas sus críticas a su protagonista. Casi todos los personajes están, en un sentido u otro, perdidos. Algunos se dan cuenta y otros no. Pablo, por lo menos, tiene sus sueños y la mirada de Atahualpa Yupanqui que desde un afiche en la pared parece decirle: ¿esta va a ser toda tu vida?, ¿hasta cuándo vas a seguir esquivando autos con tu maletín, apurado, durmiendo nada, bañándote con una gotita miserable en esa pensión mugrienta? Pero Landeck sabe algo que Pablo, ensimismado en su grisura, ni siquiera sospecha: los fracasados también podemos tener poesía.

Pedro Insúa, crítico de cine, montajista y colaborador en Las veredas este 2020

Película elegida: Deja que las luces se alejen (Javier Favot, 2020)

Deja que las luces se alejen
(2020) bien puede ser la gran tapada del último Festival de Mar del Plata: arranca silbando bajito, como el registro contemplativo de un hachero, casi una remake más vistosa y artie de La libertad (Alonso, 2001), pero con el correr de los minutos va sumando complejidades mientras desdibuja los límites de lo ficcionalizado: así, cuando nos queremos dar cuenta, ya no distinguimos entre lo real y lo onírico. En apenas 67 minutos, su director, Javier Fagot, se las arregla para ir desarmando el relato a medida que lo presenta, cambiando el enfoque de manera tal que uno nunca termina de hacer pie: por momentos incluso es un relato de terror contemplativo, con caballos como fantasmas que se aparecen en la noche, y las brasas de los fuegos que se acercan como galaxias. Las críticas que he leído por ahí me hacen pensar en cuán primario y elemental es el concepto que se puede tener sobre lo “narrativo”: Fagot narra con imágenes, totalmente entregado en su personal aventura de las formas.

Tatiana Mazú González, cineasta (Río Turbio, Caperucita roja, La Internacional)

Películas elegidas: Lluvia de jaulas (César González, 2019), Homenaje a la obra de Philip Henry Goose (Pablo Martín Weber, 2020) y Adiós a la memoria (Nicolás Prividera, 2020)

Cuando vi Lluvia de jaulas (2019) de César González, hacía ya mucho tiempo que Alan Garvey, su protagonista, estaba preso. Mientras tanto, en las calles, con excusas sanitarias, se habían desplegado todo tipo de operativos represivos que dieron lugar a miles de detenidos en los barrios populares e incluso desapariciones forzadas, como la de Facundo Castro. Esta película, en ese contexto, me demolió. Un diario experimental pensado y sentido desde esas subjetividades que el cine -casi siempre blanco y burgués- suele dejar de lado. Marker, Godard y Vertov recorren los pasillos de la villa Carlos Gardel. Un grupo de amigos se junta a musicalizar una película. La yuta acecha. La ciudad transcurre. Alan acaricia una flor.

Agradezco cuando alguien me hace entrar en sus obsesiones con tantas ganas como lo hace Pablo Martín Weber en Homenaje a la obra de Henry Philip Goose (2020). Esa curiosidad se traduce en un juego con la forma que además es muy bello. Imaginación y poder a través de las ideas de un naturalista inglés, un programador y las imágenes de guerra como espectáculo. Los vasos comunicantes entre lo cotidiano, lo digital, lo científico, lo pictórico, lo hermoso y lo terrible.

En la luz inextinguible del cine amateur de Prividera-padre de Adiós a la memoria (2020), la pulsión de vida se abre paso haciendo del cine un juego y un arma de resistencia contra las tristezas y los olvidos, como esas pistolitas de plástico con las que Nicolás apunta. El corto de adolescencia, el padre haciendo slapstick comedy, los gatitos, los cuadernos obsesivos, la escena más triste del cine argentino del 2020. Mientras las imágenes y los sonidos duermen en la fragilidad de los discos externos, la sensibilidad intenta abrirse paso entre las citas ampulosas y lucha contra el desencanto a la hora de transformar el presente.

Lluvia de jaulas (César González, 2019)

Carla Maglio, historiadora y crítica

Películas elegidas: Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse (Pablo Weber, 2020) y Adiós a la memoria (Nicolás Prividera, 2020)

En Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse (2020), Pablo Weber nos cuenta que hace unos 150 años Philip Henry Gosse imaginó un Dios falsificador, un Dios que había dejado huellas de una actividad y de una vida en la Tierra que nunca habían sido. No es nada inverosímil que creyera también que el mundo de los corales, al que llamaba “Reino Acuático de la Paz”, era el lugar donde aquellas distancias se cancelaban; donde lo que existe, lo que se ve y su historia  coincidían de modo perfecto. Si la belleza de la imagen de los corales que tenemos delante es indudable, la calma del paisaje acuático, en cambio, no lo es tanto. La voz misma del cineasta desmiente a Gosse: “Hoy sabemos que no hay paz en los corales. No hay paz en ningún lado”. Y el mundo se nos viene encima. 

Adiós a la memoria (Nicolás Prividera, 2020) nos recuerda algunas de las especulaciones de Auguste Blanqui en su celda de Fort du Taureau. Revolucionario e infatigable, Blanqui razonaba que el número finito de los elementos que componen la materia del mundo, desplegado en un tiempo y un espacio, sin embargo, infinitos, solo puede resultar en también infinitas repeticiones de lo mismo. Cada cosa y cada instante tienen su doble y el doble de su doble, y así. La vida terrestre no es sino el presidio de esta reiteración inadvertida y la libertad de todos los días, apenas un simulacro. Para Blanqui, el lugar de la libertad auténtica estaba entre los astros, en los que L’enfermé, como lo llamaban por haber pasado casi toda su vida en prisión, buscaba refugio y decía experimentar la eternidad que cada segundo de la existencia contiene y que la vida diaria, la normalidad, nos escamotea.  

Pero tampoco Prividera se contenta con esta reconciliación. También él nos tira con el mundo encima. No porque niegue que la resignación de Blanqui haya sido auténtica (porque esté seguro, con Rancière, por ejemplo, de que lo que Blanqui buscaba era seguir esperando e intentando lo imposible, a pesar de todo), sino porque a su recurso a una utopía del pasado, le sigue el epílogo de un presente ominoso: el del macrismo, el del fascismo en las calles – un presente que, cierto, ya es un poco pasado en Argentina, pero que nunca deja de resultar amenazante y contra el que Prividera levanta la voz de una moral.

De la ciudad de Córdoba a algún lugar de Siria, en su busca rigurosa de archivos improbables, Weber también se encuentra con la amenaza fascista. El destino y los usos de las imágenes lo inquietan, pero esa inquietud obedece tanto a lo que el fascismo hace con ellas, como, y tal vez más, a nuestra propia dificultad para distinguirlas, para otorgarles un sentido más preciso, para reconocer la señal en medio del ruido: el mundo se llena de imágenes y de incertidumbres (y quizá las dos cosas sean la misma; quizá tengan las mismas causas). La película no dice la palabra “verdad” -creo que no, que no la dice- y, sin duda, no es casual que no lo haga. Sin embargo, es la verdad lo que está en juego.

La cosmogonía de Gosse y la de Blanqui fueron, una vez, reunidas por Borges. Este año, las dos volvieron a encontrarse en el Festival de Mar del Plata. 

Hector Coire, cinéfilo, fan de Sofovich

Película elegida: Cómo se hizo El exilio de Gardel (Fernando Martín Peña, 2010)

En Argentina no abundan las películas sobre películas, y los pocos ejemplos que surgen (Meykinof, Años Luz, Nueve Pequeños Films sobre Aquilea) son meditaciones sobre el genio más que investigaciones sobre cómo se llegó a lo que se llegó. 
La excepción es un documental concebido como extra para un DVD, que hace unos años dieron en Filmoteca y se perdió de vista. El título no puede ser más denotativo, y es hasta donde sabemos la única incursión como director de Fernando Martín Peña. 
La película narra la historia de la película, desde un frustrado proyecto entre Solanas y Piazzolla que sirvió de antecedente a la futura colaboración, hasta su en un principio frustrado estreno y su consagración e importancia para la época. 
Hay que destacar el trabajo de archivo que acompaña a la narración, en el que se ve el rigor y la preocupación de Pino por conservar el registro de época para la posteridad. En un país en el que no hay cinemateca, ni parece que habrá en el corto plazo. 

El Bazofi la rescató en noviembre para homenajear a Pino, y se puede ver por acá.

Antonella Costa, docente, actriz (Dry Martina, Garage Olimpo)

Película elegida: Las mil y una (Clarisa Navas, 2020)

Sigo la filmografía de algunxs directorxs porque sé que todo lo que hagan me va a gustar, y otras porque no lo sé, pero confío ciegamente en su mirada. Algo de lo que me resulte extraño en sus propuestas terminará tarde o temprano resonándome, prendiendo un fuego en alguna zona oscura de mi percepción. 
Desde que vi Hoy partido a las 3 (2017), supe que Clarisa Navas sería una directora que me interesaría seguir para siempre. 
Imposible predecir qué vendría después. 
Me la crucé varias veces en eventos siempre ligados al cine pero de lo más diversos, que incluyeron pasillos de salas mainstream, fiestas indie-chic, un asado de devenir incierto y una cata de vinos en la que terminé dormida sobre su hombro, entre otras. En cada una de esas situaciones los varones presentes lograron comportarse del modo más extremadamente gil de su repertorio. Parecía ensayado. No lo puedo explicar bien pero me recuerdo diciéndole a Clarisa por lo bajo y con vergüenza “te juro que no son todos así todo el tiempo”. Y a ella levantando las cejas sin aflojar la sonrisa apretada que la caracteriza. Los asuntos se convierten en situaciones de lo más graciosas cuando una se acerca al punto de vista de Clarisa. Te quedás pensando si el mundo habrá sido siempre así, como se le presenta a ella, o si hay muchos mundos posibles, o si todo es siempre mucho más gracioso de lo que parece, o qué pasó. 
A simple vista, Las mil y una (2020) tiene poco en común con su ópera prima. Quizás lo que distingue el estilo de Clarisa se parece más a lo que viví con ella que a lo que creí ver en su película. La sensación de que la complicidad nos resguarda de un peligro latente, conocido pero inescrutable, y que existe un sendero en el que los tiempos se dilatan, los rituales se transforman y la mirada ajena se aleja mucho. Muchísimo. Actuaciones deslumbrantes, un humor distinto, permanente, y una historia que gira sobre sí misma sin perder la claridad de su objetivo, como un perro que juega a morderse la cola. 
Las mil y una nos deja también un cuchillo sobre la mesa. 
Y las ganas de que Navas filme novecientas noventa y nueve películas más.

Las mil y una (Clarisa Navas, 2020)

Valentino Cappelloni, crítico de cine, cineasta y colaborador en Las veredas este 2020 (Taipei)

Películas elegidas: Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse (Pablo Martín Weber, 2020) y Un cuerpo estalló en mil pedazos (Martín Sappia, 2020)

Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse

Un cortometraje brillante. Lo que inicia como la curiosidad asociada a las imágenes que realizó un naturalista británico se convierte en la acción política ejercida por mano propia sobre otras imágenes: las del Estado Islámico (algo que Weber ya había abordado por escrito y con una poética bellamente performática en este texto de La Vida Útil). Cuando la política en el cine muchas veces se asocia a la declamación de eslóganes, el embanderamiento discursivo, el rodeo, Weber le devuelve vértigo y riesgo. El suyo, de exponer las imágenes, el nuestro, de mirar lo prohibido. ¿Hace cuánto que mirar un audiovisual no se sentía de esta forma? Sobre el final, un dron del EI sigue el recorrido en coche bomba de un joven que se inmola, una futura estrella en los estudios hollywoodenses del terrorismo global, una imagen escalofriante y aterradoramente premonitoria. 

Un cuerpo estalló en mil pedazos

La reconstrucción de la vida de Jorge Bonino (un artista inclasificable: el mimo que inventó su propio idioma o “el Tati argentino”) se hace a partir de las memorias que hay desperdigadas, como su cuerpo y su vida, en mil pedazos. La sobriedad de la belleza en las imágenes fijas, compuestas con muchísimo cuidado, actúa como la facilitación de un montaje doble: el interno de la película y el mental que hacemos nosotros, proyectando sobre esas imágenes los actos y personajes que se narran. Se trata de una película inusual por donde se la mire, expansiva, trágica y divertida. Además, vale la pena verla solamente para llegar a la anécdota de Bonino con las monjas.

Maru Panelo, guionista y podcaster en Hypeados y 24bps

Película elegida: Las buenas intenciones (Ana García Blaya, 2019)

Fue un gran año para descubrir cine nacional. La pandemia dio algunas posibilidades de acercarnos el cine nacional a nuestras casas, sin la necesidad de salir a buscarlo como solemos hacer. Pero con Las buenas intenciones de Ana García Blaya, fue diferente. Esta película llegó a mi de forma única. Recuerdo aquel sábado de verano en el que hacía mucho calor y no había otra forma de sobrepasarlo que encerrándose en un cine. En el MALBA había algunas opciones y esta era una, junto con La botera de Sabrina Blanco. 

Cuando la película arrancó inmediatamente me transportó a buenos lugares: la nostalgia de la década pasada, la home movie, la música nacional puesta de forma muy creativa y original y un personaje principal que es un desastre junto con el resto de los personajes que lo rodeaban que son imposible no quererlos. 

Sí, Las buenas intenciones está llena de buenas intenciones, pero la película es mucho más que eso: está hecha con ganas y corazón y cuenta algo tan personal como universal que es imposible que no te encariñes o que, en un punto, hayas sido parte de esta historia. La película tiene una impronta hermosa, esa impronta que me encanta encontrar en el cine nacional, que me hace decir que esto es algo nuestro.

Fabio Vallarelli, cineasta, abogado, docente y editor en la Revista 24 cuadros

Películas elegidas: 1982 (Lucas Gallo, 2020), Historia de lo oculto (Cristian Ponce, 2020), Las buenas intenciones (Ana García Blaya, 2019) y Los verdes paraísos (Carlos Hugo Christensen, 1947) 

Es muy difícil hacer un balance o tratar de pensar qué fue lo más destacado de este año tan raro, tan ecléctico, que parece haberse pasado tan rápido y que a la vez no termina más. 

Entre las cosas positivas de haber estado todo el año en casa destaco que pude ver y disfrutar de muchas películas. Cosas nuevas y asignaturas pendientes. Veo más favorable que negativa la estrategia del INCAA de estrenar películas vía CineAr y potenciar su catálogo. Entiendo y comparto que las películas nacen para verse en las salas, pero creo que, por cómo venía el esquema de distribución y exhibición, muchas películas encontraron un caudal de espectadores que jamás habrían conocido si se perdían siendo depositadas dos semanas en la cartelera del Gaumont y listo. Habrá que ver cuando pase todo esto cómo se reordena el asunto, pero creo que deja varios interrogantes para seguir pensando, y presenta alternativas para que los cineastas busquen mantener vivas sus películas en el tiempo.

Diría que mi estreno nacional favorito de este año es Historia de lo oculto (Ponce, 2020), pero ya se ha hablado mucho y muy bien de esta gran sorpresa de Mar del Plata. Me quedo entonces con otro film del festival: 1982 (Gallo, 2020), ese gran documental sobre lo que fue el registro de los medios oficialistas de la Guerra de las Malvinas. Por mi historia personal conocía todo lo ocurrido de primera mano, sin embargo, el montaje del archivo televisivo es tan impactante que cuesta entender cómo todo esto pasó cuándo y de la forma que pasó. Una verdadera joya.

Si voy más a principio de año tengo que mencionar a Las buenas intenciones (2019) de Ana García Blaya, una película entrañable y un retrato de época muy necesario. En su momento cuando escribí sobre la película comentaba que el cine nacional tiene una deuda con repasar los ‘90 y los ‘00. No con la Historia con mayúscula, sino con la historia con minúscula. Con esos relatos que son el testimonio de una generación que hoy tiene entre 30 y 40 años. Esta película tiene la vocación de comenzar a saldar esa deuda.

Por último, gracias al ciclo de Peña en el MALBA descubrí Los verdes paraísos (1947) de Carlos Hugo Christensen. Un film notable, con una historia maravillosa, basada en un cuento de Horacio Quiroga, pero con muchísimos ribetes cortazarianos. Vale muchísimo la pena.

Espero que el cine, en todas sus variantes, les haya ayudado a todes a pasar mejor este año horrible. A mí me ayudó muchísimo. Un fuerte abrazo.

Cristian Ulloa, guionista, cinéfilo y crítico de cine

Película elegida: Momentos (María Luisa Bemberg, 1981)

Película algo olvidada dentro de la filmografía de su directora, y relegada del canon del cine nacional de su década, Momentos (1981) pudo verse una vez más gracias al Homenaje a Bemberg organizado en la última edición del Festival de Mar del Plata.

Diálogos despojados de afectación, y un trabajo actoral que se aleja de la impostación que caracterizaría a los 80s (más cercana, si se quiere, a la sequedad de la trilogía negra de Aristarain que al acartonamiento de Camila) son los pilares de esta película que estudia con madurez y sin maniqueísmos la dimensión afectiva de sus personajes, pero que lo hace también con un punto de vista tremendamente original. Es fácil ver relaciones entre Momentos de Bemberg y Las Furias de Vlasta Lah, en parte por la importancia histórica de contarse entre los primeros largometrajes dirigidos por mujeres en nuestra historia, pero también porque por eso mismo las películas parecen funcionar como el contraplano hasta entonces invisible de las problemáticas que abordan.

Viaje de una mujer que escapa de una cárcel imperceptible solo para descubrir que aquello que parecía ser la libertad no era más que el patio de una cárcel aún mayor, Momentos es una película realmente valiosa que, como siempre, merece verse en una sala. Ojalá haya oportunidad.


© LAS VEREDAS | 2020

[Permitida su reproducción citando la fuente]

2 comentarios sobre “LAS VEREDAS, BALANCE 2020: volumen 2

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